dimecres, 1 de desembre de 2010

Inmigración y elecciones: quien siembra vientos, recogerá tempestades


Per Cristián Cepeda, técnico de immigración de la Fundació CONFAVC.

Hay respuestas  que sirven para contestar  todo. Son esas muletillas fáciles que salen de manera natural y dejan al interlocutor casi sin argumentos por ser afirmaciones rotundas.

En un momento de crisis económica -que parece querer prolongarse hasta la desesperación- la ciudadanía común busca estas respuestas simples y directas. Frases ya hechas que no impliquen entender la complejidad de los flujos de capitales, lo que es el índice de riesgo de la deuda país, o lo que significa el Fondo Monetario Internacional y sus medidas de ajuste fiscal. Abrumado por las dudas del día a día, el ciudadano necesita una respuesta fácil y cercana.  

Ahí está la potencia que tiene el discurso anti-inmigrante.  Si la educación está mal, es porque los niños inmigrantes retrasan a toda la clase; si hay más delincuencia, es por los inmigrantes son los que más roban; si falta ayuda social, es porque los inmigrantes se llevan todas las ayudas mintiendo; si la salud está en crisis, es porque los inmigrantes copan todos los horarios. Y, obviamente si no hay trabajo, es también por los inmigrantes. Incluso, si el metro está lleno, es porque hay simplemente demasiados inmigrantes, en el metro, el bus, la playa, la cola del cine o en los juegos para niños del parque. Podríamos seguir con ejemplos cotidianos hasta el infinito.

Es bastante simple y efectivo.  La inmigración es asumida como un virus, algo externo que se introdujo en nuestra cotidianeidad y es culpable de nuestro malestar. De nuestra crisis. Así, además,  se nos muestra de manera sistemática por los medios de comunicación.

Desde esta perspectiva, hemos visto  la utilización electoral que se ha hecho de la inmigración, nos queda claro que algunos partidos se quieren mostrar como “el antídoto” para el mal que nos aqueja. Los políticos se ponen bata blanca, diagnostican y proponen medicamentos, vacunas y tratamientos.

En plena resaca electoral, la inmigración es mostrada como un ejemplo de aquéllo que se ha hecho mal. Y la propaganda se ocupa de cubrirlo todo. Los partidos usan esta sensibilidad anti-extranjeros para ganar votos. 

La inmigración es utilizada como una cortina de humo para esconder los problemas reales. 

Ya lo hizo Sarkozy, el presidente francés, cuando a semanas del inicio de las protestas por la ampliación de la edad de jubilación, expulsó a ciudadanos rumanos. Y también lo hizo el presidente italiano Berlusconi, para esconder los escándalos de su vida personal y su gestión económica culpando y persiguiendo a los gitanos por generar inseguridad en las ciudades italianas.

Hablar de inmigración resulta eficaz porque distrae la atención de la ciudadanía apelando a un instinto básico de protección de lo que viene de afuera. Y, cuando en la decisión de votar ya no pesan los argumentos, apelar al instinto suele resultar un arma eficaz. 

Es simple, efectivo. Pero, lo que ni los políticos ávidos de votos, ni los medios de comunicación asumen es que este discurso construye una conflictividad, una enemistad y desconfianza entre vecinos y vecinas.  Y ésto, es una gran irresponsabilidad, porque como dice el dicho: quien siembra vientos, recogerá tempestades.

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